¡Hola!
Como algunos de vosotros sabréis, mi hermana es educadora social y yo estoy muy orgullosa de ello.
En 2017, cuando ella empezó la carrera, en mi casa fue casi como si la hubiéramos empezado todos. Nos cambió la manera de hablar, nos abrió la mente a cosas que no nos habríamos imaginado e incluso nos cambió la manera de pensar.
Desde este momento entendimos que una persona que necesita una silla de ruedas no es discapacitado, es una persona con discapacidad, que las personas gitanas son de otra etnia, no de otra raza, y que no es necesario tener ningún tipo de prejuicios hacia ellos. Aprendimos también lo que es una persona en riesgo de exclusión social y qué colectivos entran dentro de esta categoría, además de iniciativas que existen para revertir esta situación. Nos enseñó que la diversidad puede ser una cosa fantástica, y que por desgracia las personas se meten mucho con los que son diferentes, a pesar de que cada uno somos un mundo.
No os penséis que en mi casa vivíamos en el siglo XIX mentalmente, pero no éramos tan conscientes del daño que pueden hacer según qué palabras a según qué personas y de las muchas maneras que puedes ayudar a otros sin darte ni cuenta.
Personalmente, creo que esta experiencia que he vivido un poco de rebote me ha hecho crecer como persona y abrir los ojos a muchas cosas que pasan en el mundo y yo no tenía ni idea. En mi vida he tenido la suerte de tener a varias personas cuyo ámbito laboral está relacionado con la educación (educadores, docentes, etc.), os animo a que, si vosotros tenéis esa suerte también, habléis con ellos, que os cuenten experiencias, debatáis y os hagan ver las cosas desde distintos puntos de vista. ¡Aprenderéis mucho!
Relacionando este tema con el que nos incumbe, la enseñanza, y aprovechando que estamos cerca de que se acabe el año, mi deseo para 2022 es que haya más educadores sociales en los colegios y deje de ser una profesión tan desconocida y minusvalorada.
¡Hasta la próxima!
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